Roger Waters en el Estadio Único: sonidos progresivos entre la política y el tributo

El cantante y bajista realizó un profundo repaso a su obra en Pink Floyd y sólo toco cuatró temas de su último trabajo solista. Castigó duro a Donald Trump, le apuntó al neo-fascismo, hizo sonar un tema de León Gieco y no olvidó a los soldados argentinos caídos en Malvinas.


Las remeras de Pink Floyd y Roger Waters se multiplican en cada diagonal. El clima es apacible, más allá de algunas escaramuzas entre policías y asistentes que no pasan a mayores. Por suerte.

Una imagen de una mujer contemplando el mar. Ella está de espaldas a las casi 50 mil personas que se acercaron a ver Waters y cía. Un sonido de playa acompaña la imagen, enigmático y también algo melancólico, dos adjetivos que viajaron al corazón de una nueva venida del músico británico al país.

Luego de la larguísima intro de Speak to Me (con la mencionada proyección), surge un gran alarido y un planeta Tierra parece ser devorado por cielos infernales que luego muestran a una de las protagonistas de la noche: una gran esfera espejada que se recuesta por detrás de la pantalla principal.

El comienzo espacial con Breathe, de Dark Side of The Moon, es un viaje estelar hacia otras épocas con el gran soporte vocal de dos actores claves en el escenario: Jess Hole y Holly Laessig, del grupo Lucius quienes se sumaron en 2015 a las filas de Waters. Ellas parecen llegadas de otro planeta, casi extraterrestres en el planeta de don Roger, con sus flequillos platinados y riguroso negro, como cada uno de los integrantes del grupo.

La figura de Rogers atraviesa como un holograma las visuales en One Of These Days (del disco Meddle) y su figura comienza a agigantarse en la fría noche platense. Por eso, un hipnótico reloj se acerca girando como una moneda mientras alienantes ruidos de tic-tac y campanadas marcan el comienzo de esa joya de relojería llamada Time, otro clásico lunar.

La univoca figura de Roger, hipnotizante dentro de un espiral temporal es digno de la estela floydiana que marca una velada en la que solo habrá lugar para cuatro temas de su carrera solista y, por si fuese poco, reducido a su último disco solista: Is This Life We Really Want?, editado en 2017.

Pero esta canción desnuda otra situación, la pérdida del caudal vocal de Waters, a años luz de lo que fueron sus nueve lunas en River Plate presentando The Wall en dos actos. Aunque mantuvo la cuota cinematográfica esencial para enfocar (¿distraer?) la mirada hacia las pantallas.

Lo que el coro femenino sostiene, lo enaltece aún más la gran voz de Jonathan Wilson, la segunda guitarra que no calza nada mal como intermitente voz principal. The Great Gig in the Sky es el momento indicado para contemplar un cielo estrellado en pantalla, el cosmos (como nunca se verá en un show por estas tierras) y la comunión vocal de Jess y Holly, unas Björk en clave progresiva.

Sus voces retumban en el mega sistema de sonido cuadrafónico que permitió escuchar a la banda distribuidas en la parte frontal y trasera del estadio como así también efectos especiales que se emitían desde parlantes laterales que pendulaban desde el techo del Unico de La Plata. Otro show cinematográfico al igual que el de su última visita seis años atrás en Nuñez.

Welcome to the Machine (del disco Wish You Were Here) muestra en pantalla varias cabezas rodantes y un escenario sangrante por sus luces rojizas, desde donde asoma un mantra progresivo sostenido por la rubia pareja que apuntala a un capitán que busca no perder el control del timón de su obra.


Rogers viaja hacia uno de los costados de la pasarela, abre los brazos mientras suena el clásico rugido de esta pieza opresiva y tira sus codos hacia para atrás en señal de fuerza. La que dice presente otra vez es la gran bola plateada que, en sincronía con las imágenes en pantalla, recorre urbes bajo tonalidades en blanco y negro. Ese el puntapié para el momento de la triada solista de Waters.

Primero suena Deja Vu, uno de los picos musicales de la noche, bien climático, con un Waters en estado puro, desgarrando su voz por primera vez mientras se agarra los pelos de la cabeza mientras se proyectan imágenes de polución ambiental y ciudades arrasadas. Luego asoma de The Last Refugee (ejecutado en máxima oscuridad escénica) que se engarza con el video inicial de Breathe, el hilo conductor de un show plagado de conceptos de resistencia.

Otra vez Roger abre los brazos y la gente lo aplaude, porque -sí- todo se le festeja a él. Todo. Desde los aciertos hasta las patinadas, sobre todo si le toca hablar de política -algo que aquí no puntualizó a nivel local- luego de vérsela muy fea en Brasil al criticar a Bolsonaro y comerse una histórica abucheada en San Pablo. Zapatero a tus zapatos.

Una nueva gema solista, Picture That, comienza a pintar el cuadro de la protesta y la ira hacia el poder y los políticos. El show más ideológico, poco a poco, se devoraría al estrictamente musical. Y por ende aparecería la estampita de odio de la noche: el inefable Donald Trump, quien justamente esa noche daría otra estocada junto a los Republicanos: conservar el Senado en las elecciones legislativas.

Al omnipresente Donald se lo ve primero rodeado de bellas mujeres en el certamen de Miss Universo, registro de su propiedad. Sería solo el comienzo de los dardos de Roger hacia el mandatario estadounidense. También se observan los severos controles limítrofes (la temida Migra) y a Roger haciendo el gesto de dinero frotándose las yemas de los dedos. Todo iba a fuego lento.

Para el comienzo de Wish You Were Here, el ex Pink Floyd levanta los brazos y dos manos gigantes se encuentran poco a poco en las visuales (un gran acierto desde lo estético), tal cual las voces de las chicas de Lucius, con sus coros fantasmagóricos que erizan la piel. Saludos, aplausos y el “Olé, olé, olé, Roger, Roger”. Pleitesía argentina sin miramientos.

El momento duro, granítico de la noche llega con el homenaje a The Wall con The Happiest Days of Our Lives y Another Brick in The Wall (parte 2 y 3) en donde sobre el escenario se ubican una serie de niños en fila con mamelucos naranjas, numerados y encapuchados, con un doble mensaje: simulando ser los rehenes capturados por el ISIS o bien los prisioneros en la polémica cárcel de Guantánamo.

Los niños se quitan la capucha y son la voz de la protesta más clásica en las letras de Pink Floyd, quienes, más allá de cierta descoordinación en escena, se quitan su uniforme y dejan ver remeras negras con letras blancas y la palabra Resist. Y luego, todos a bailar. Luego las coristas guían a los niños por el escenario en fila, tal como maestra de escuela.

Es la primera pausa del show, se prenden las luces y....comienza el cantito “Mauricio Macri la p.. que te p...” en boca de personas que pudieron pagar cifras siderales para estar ahí. En fin. Otro tema.

Un extenso video busca adoctrinar a los presentes con mensajes con alto contenido político e ideológico. Desde “Resistir la malvada alianza entre la Iglesia y el Estado” hasta proyectar una lista sábana de países en los cuales “el neo-fascismo está en alza" y el mensaje que se llevó todos los aplausos: “Resist neo-fascism”.

Llega la segunda parte del show, mucho más sólida musicalmente, oscura y eficaz que su predecesora. Es otro concierto. Fabril, muscular, en donde se forja la ideología de Waters con las más potentes herramientas musicales. No por nada, luego del repaso de neo-fascistas mundiales se engarza (finamente) en pantalla la palabra “Dogs” a gran escala. Título y adjetivo.

Por eso comienzan a emerger cuatro cilindros del escenario que primero parecen columnas que levantan la pared multimedia de una fábrica (la misma que ilustra la portada de Animals) para luego proyectarse por fuera de la pantalla y revelar que son humeantes chimeneas. Gran acierto escénico.

Luego seguiría el zoológico turno con Pigs (Three Different Ones) entre copas regadas con champagne y máscaras de cerdos para cada uno de los músicos. Lógicamente, la de Waters es la mejor lograda mientras alza un cartel con la leyenda “Pigs rule the world” para que todos lo vean bien. Luego, se quita la máscara y alza otro cartel con la leyenda “Fuck the pigs” coronado por aplausos mientras hay un brindis generalizado en el escenario.

Y allí comienza el azote hacia Trump sin misericordia en donde se lo ridiculizaría de varias formas en pantalla, desde mostrar sus exageradas gesticulaciones, vomitando, llamándolo “joker”, con cuerpo de cerdo y hasta en la anatomía de una obesa y desnuda mujer.

La deformación del primer mandatario -labios pintados, encapuchado como un ku-klux-klan, con los ojos maquillados- se contrastan con un globo en forma de cerdo que atraviesa el campo a lo largo y ancho (entre los dos campos) y lleva ploteada la frase Stay Human (Sean Humanos). Los rostros de Stalin, Putin, Bush, Jim Jong-Un también dicen presente en las pantallas como las frases más picantes de Donald que es coronada con una en castellano y sin vueltas: “Trump es un cerdo”. Y otra ovación se desata en La Plata.

Y hablando de dinero, suena Money, con otro gran aporte de Wilson, y cuya canción es tajeada con una explosión nuclear en pantallas que le otorga un mayor dramatismo a la velada platense sumándolo a imágenes de polución ambiental, desnutrición, ciudades arrasadas y miseria de todos los colores y formas. Explícito.

Antes de los bises, retorna en pantalla la mujer en la playa, de espaldas, esta vez en blanco y negro para darle la bienvenida a uno de los temas más emocionantes de la noche: Eclipse, en donde también la gran bola espejada viaja rellena de helio hacia el centro del campo y desanda el camino hecho por el chancho volador para luego sorprender con un show de láser que forman una pirámide que es atravesada por una gama multicolor.

Sí, se está frente a una representación lumínica de la carátula de Dark Side of The Moon y miles de celulares le apuntan a la clásica figura triangular que descompone un haz de luz.

Al cierre llega el momento de presentar a la banda y las coristas se llevaron la mayor ovación de la noche. Luego, comienza un prolongado discurso de Roger mientras varios asistentes abandonan el estadio sin temor a perderse los bises.

Waters cuenta que fue uno de los responsables en trabajar junto a embajadores, la periodista Gabriela Cociffi, personal de la Cruz Roja Internacional y familiares para el reconocimiento de soldados del ejército argentino -aún no identificados- caídos en la Guerra de Malvinas. “Hoy ya son 102 y quedan unos 20 más, pero los identificaremos”, se ilusiona mientras se emociona y muestra un “poncho gaucho” que le regaló una de las madres de los fallecidos y él se calzaría al finalizar la noche.

Para sorpresa de los presentes, Waters -teléfono celular de última generación en mano- contó que admiraba a Leon Gieco. “Traté de contactarlo pero no lo logré. El no está aquí, no pudo venir”, le dijo al público. "Pero yo quería que lo escucharan", agrega. Y acto seguido reprodujo el audio de un fragmento de La memoria. Emoción e introspección local garantizada.

Para el cierre, Waters tiró los últimos golpes de KO con una circunspecta versión de Mother, en donde su guitarra clásica acelera las pulsaciones hacia un muro infranqueable y grita fuera de micrófono, un estudiado “No fucking way”, al preguntarse si “debe confiar en el gobierno”.

El cierre junto a la emotiva Comfortably Numb recrea otro lento acercamiento de manos -que logran estrecharse en las pantallas- y unos fuegos artificiales enceguecen y dejan olor a pólvora en el Unico. Hasta el próximo sábado.

Un comienzo picante en la ciudad de las diagonales con el show de los mapuches Puel Kona. Tibios aplausos del público para el combo del pueblo originario que de repente pela distorsión y la gente, entre la ansiedad y el desconcierto, escucha el agradecimiento de su líder "al señor Roger Waters que nos haya invitado a estar acá".

Su propuesta ska reggae choca de frente con su impronta autóctona, parte de instrumentos folclóricos y discurso conservacionista. "En nombre de toda esa gente pido que cuidemos la naturaleza, el agua, basta de glifosato, minería. La naturaleza necesita que la cuidemos que dejemos de destruirla es urgente".

Lo que avanzaba como un show tranquilo y sin estridencias muta a un fuerte discurso y bajada de línea política. "Pueblos y hermanos acérquense a su origen no renieguen de sus orígenes. Se dicen muchas cosas del pueblo mapuche. No queremos más muertos ni presos. Acá no estamos para pelear. Seguimos exigiendo justicia por Santiago Maldonado" mientras los aplausos se cruzan con algunos chiflidos.

Para el cierre de su show de poco más de media hora su lírica atraviesa a cualquier desprevenido: "El problema no somos nosotros, el problema es de occidente y su capitalismo. El pueblo mapuche vive, la lucha sigue, sigue. No somos terroristas", fue el cierre entre aplausos y algunos tibios abucheos.

Roger Waters se vuelve a presentar el sábado 10 de noviembre, a las 21, en el estadio Único de La Plata. Entradas disponibles desde $1.900, a través de Ticketek.
























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